—¿Quiere Vuecencia que lea? —preguntó el joven sentándose.
—Ya te escucho.
—«Señores diputados —dijo Monsalud leyendo—, cedo por fin a los ruegos de mis amigos, y tomo la palabra para exponer mi opinión sobre la política del gobierno. Hablo sin preparación alguna, apremiado por las graves circunstancias que atravesamos. No extrañéis la incorrección de mi frase...»
—Así conviene decirlo... Está muy bien.
—«Rudo militar, hablaré con franqueza y sin retóricas, que no son propias de mi carácter y escasas letras. Al mismo tiempo, debo advertiros que al tomar la palabra para intervenir en este delicado asunto, lo hago con repugnancia, con verdadero sentimiento. Amigos míos son los señores secretarios del despacho, amigos de toda la vida. ¿Por qué ha querido la suerte que opinemos de distinta manera sobre los negocios del país? ¡Ah! En mi alma luchan los afectos de la más pura amistad con el deber que me imponen mi puesto y los poderes que he recibido. Padezco hondamente, señores, podéis creérmelo; pero mi alma se esfuerza en sobreponer a todas las consideraciones la consideración del deber, y en tal ley anuncio al ministerio que le voy a atacar duramente, durísimamente, porque los hombres deben ser esclavos de sus convicciones, y, como dijo Rousseau, de las grandes convicciones nacen los grandes hechos.»
—Muy bien: ese principio me gusta. ¿Has confrontado bien la cita? No me vayan a decir que atribuyo a Juan Jacobo lo que es de Marco Aurelio o de Erasmo.
—Descuide Vuecencia. Si por casualidad resultare una equivocación, los diputados no se romperán la cabeza en averiguarla, porque tienen demasiados quehaceres para ocuparse de esto.
Siguió leyendo hasta que el duque dijo:
—Me parece que en ese párrafo has ido demasiado lejos. Yo no quiero que se planteen todas, absolutamente todas las reformas que piden los exaltados.
—Lo expreso de un modo vago, sin determinar...