—No, no: conste claramente que no admito la ampliación de ley de milicias, ni la supresión de escarapelas, ni estoy de acuerdo con que se devuelva al rey la ley de señoríos que no ha querido sancionar. Poquito a poco. No todas las reformas son buenas.
—Mayormente las que atacan a la nobleza —dijo Monsalud tachando algunos renglones—. Fuera esto.
—Parto del principio —dijo el del Parque poniendo la mano sobre las cuartillas y accionando gravemente con la otra— de que yo, al mismo tiempo que detesto ciertas reformas, no puedo decir nada contra ellas. Ten presente que si defiendo otras, es porque tengo la convicción de que no se han de plantear nunca. ¿Qué se han de plantear, si le sientan a nuestro país como a la burra las arracadas?
—Comprendido: se variará este párrafo.
Después de otro poco de lectura, el aristócrata indicó con cierta sumisión, homenaje sincero del poder al talento:
—Van tres citas seguidas de Diderot. ¿No te parece que es demasiado?
—Pues esta última se la encajaremos a..., a otro cualquiera..., por ejemplo, a Julio César Escalígero.
—Hombre, por Dios. ¿Así cuelgas tú milagros?
—No importa. Ellos no revolverán bibliotecas para averiguar si la cita es exacta. Pondremos que lo dijo D’Alembert, añadiendo un «si no recuerdo mal». ¿No le parece a Vuecencia?
—Añade «si no recuerdo mal... Ya saben los señores diputados que mi memoria es desgraciadísima.»