Al llegar al final, Su Excelencia meditó breve rato antes de dar su aprobación definitiva al discurso que había de pronunciar dentro de dos días. El secretario miraba a su amo con atención inquieta, cual si desconfiara del éxito de su obra. Por último, el duque se expresó así:
—Nada tengo que decir de la forma de mi discurso. También me parece admirablemente pensado. Si no me equivoco, hablaré bien. El fondo, con las correcciones que te he dicho, quedará de perlas, menos en el final, que debe ser variado por completo. ¿De dónde sacas que yo quiero llamar a Riego héroe invicto, y felicitarle por su elevación a la presidencia del Congreso?
—Como Vuecencia pertenece al grupo exaltado, creí que encajaban bien estos piropos al héroe de las Cabezas.
—Te diré —repuso el prócer frunciendo el ceño—. Cuando los demás llaman a Riego héroe invicto, yo no les contradigo: también aplaudo si es preciso; pero de eso a darle yo mismo tales nombres, hay mucha distancia.
—Entonces se suavizarán las frases de elogio —dijo Monsalud, pasando los ojos por el final del manuscrito.
—No, ¿a qué vienen esos sahumerios? Harto le ensalza la plebe. ¿No se ha cacareado bastante su hazaña?
—Demasiado.
—¡No..., sino que todos los días hemos de estar con el padre de la libertad, con el adalid generoso, con el consuelo de los libres y el insoportable viva Riego, que es como un zumbido de mosquitos que nos aturde y enloquece!
—¡Ah!, todo cansa en el mundo, señor duque, hasta el incienso que se echa a los demás; todo cansa, hasta doblar la rodilla ante un ídolo de barro.
—¡De barro! Has dicho bien, muy bien. ¡Si yo pudiera decir eso en mi discurso!