—Pues nada más fácil.

—¡Hombre, qué calma tienes! Estaría bueno...

—En efecto: estaría bueno llamar necio de buenas a primeras al jefe del partido a que uno pertenece —dijo Salvador riendo—. Pero todo puede hacerse en este mundo. Mire usted, señor duque, yo lo haría.

—¿Tú?

—Sí, señor.

—Pero tú no sirves para la política. Lo malo que tiene este maldito oficio de politiquear, consiste en que a menudo es forzoso que adulemos y ensalcemos a más de un majadero que vale menos que nosotros, y que se ha elevado por un rasgo de audacia o por su misma majadería; pues también esto se ve diariamente. Conque quítame toda esa hojarasca del héroe invicto, y arréglalo de modo que ningún señorito mimado adquiera fama con mis discursos.

—Está muy bien. Con tal que se le cargue la mano al ministerio...

—Firme, pero firme —dijo el duque acompañando de enérgica acción la palabra—. Haz que resalte bien nuestro lema: libertades públicas antes que nada. Todo lo bueno que sale de nuestras filas, ¡canario!, no lo han de decir Alcalá Galiano, Javier Istúriz, Rivas y Bertrán de Lis. En todas partes hay tiranía, hijo. Hasta en el partido de la igualdad, de la democracia, de los hombres libres, ha de haber cuatro o cinco gallitos que quieran despuntar, imponer su voluntad, tratando a los demás como miserables polluelos.

—¡Pícaro despotismo, que en todas partes se mete! —dijo Monsalud con aparente distracción—. Pero yo tengo la seguridad de que Vuecencia pronunciará un gran discurso, que llamará la atención de la mayoría exaltada y de la minoría moderada.

—Desconfío mucho. Verás: me pasa que llevo en la memoria un parrafillo bien dispuesto; lo veo tan claro mientras estoy mudo, que hasta las comas parece que las tengo aquí, pintadas en el entendimiento; pero me levanto, hijo, abro la boca, digo «señores», y entonces..., ¡qué mareo!, el Congreso empieza a dar vueltas en torno mío; parece que las tribunas son otras tantas bocas disformes que se ríen de mí..., empiezo a sudar, póneseme un picorcillo en la garganta, toso, escupo; en fin, Salvador de mi alma, que no digo más que vulgaridades..., ¡y lo llevaba tan bien aprendido, tan claro!