—Procure Vuecencia tener serenidad, y aprenda del general Riego. Eso sí que es hablar sin ton ni son; eso sí que es decir perogrulladas huecas con apariencia de cosas graves. Todo por efecto de la serenidad. Cuando no se tiene idea del disparate, cuando no existe el temor, cuando una presunción excesiva asegura el aplauso de uno mismo, está allanada la dificultad, y los apuros parlamentarios no existen.
—Dices bien: es cuestión de temperamento. Yo no sirvo para el caso; pero hay que sacar fuerzas de flaqueza. ¡Ay!, ya me tiemblan las carnes pensando... ¿Irás a oírme?
—¿Pues cómo había de faltar? Llevaré quien aplauda, si es preciso. Mire Vuecencia este jarrón vacío, imagine que es el general Riego, figúrese que el consuelo de los libres le está mirando, y cobrará alientos y brío.
—Bien, bien —dijo el Duque tomando el manuscrito—. ¡A estudiar! Felizmente, tengo buena memoria. ¿Te irás a trabajar? Eso es: cuando tenga mi lección regularmente sabida, te llamaré, a ver qué tal me sale.
—Muy bien; yo me vuelvo al despacho.
—Hoy no estoy para nadie... ¿Conque subirás después?... Lo leeré cuatro o cinco veces. Cuando lo sepa regularmente, tú me oirás, a ver qué te parecen la acción, el gesto, los cambios de tono. Me dirás si en tal o cual pasaje conviene echar un par de toses, o estirar el brazo, o quedarme parado y en silencio mirando con altanero desdén a todos los lados.
—De todo eso creo entender algo. Adiós, señor duque: a trabajar.
—Adiós, buena alhaja.
El duque se quedó solo, y poco después atroces gritos atronaron la casa. Comentaban con malicia los criados el rumor de apóstrofes y epifonemas que les aseguraban completa vagancia por algunas horas; pero ningún habitante de la casa se atrevió a poner su planta profana en el gabinete convertido en salón de sesiones.
Mientras hablaba el duque, la aquiescencia de su auditorio era perfecta. Ni la cama, que era la Presidencia; ni las sillas, que eran Galiano e Istúriz; ni las paredes, que eran las tribunas; ni el jarrón vacío, que era Riego, hicieron objeción alguna. El orador estaba inspirado.