El del Parque sintió que su frente se cubría de sudor; trató de recordar, llamó la memoria; pero el discurso había desaparecido ante los ojos de su entendimiento; se había borrado por completo, y en su lugar una inmensidad negra, horrendo caos sin una línea, sin una idea, sin un rasgo, se extendía ante el atribulado espíritu del orador.

Al verse perdido, miró a la tribuna, esperando que la presencia de un amigo, devolviéndole la serenidad, le devolviese el evaporado discurso; pero entonces su angustia fue más grande. El amigo, el secretario, el confidente había desaparecido.

Entonces el duque sintió un mareo espantoso; en su garganta formose un nudo; miró al presidente con desesperación, con angustia, como un náufrago que pide socorro.

Los diputados todos le observaban, aguardando a ver en qué pararía aquello. Su Excelencia tartamudeó excusas que nadie pudo comprender, y al fin exclamó con voz clara:

—Señores diputados, señor presidente... He dicho.

V

Después de arrastrar miserable vida durante todo el año 21 en un lugar del camino de Francia, don Urbano Gil de la Cuadra pudo volver a la Corte tolerado, si no perdonado, por la policía. Amparole para esto un generoso desconocido a quien él creía compatriota suyo, y que, interesándose por él, le pudo conseguir lo más parecido a un indulto, o sea la negligencia del gobierno. Favorecidos por aquella negligencia, tan caritativa en el asunto de Gil de la Cuadra, mil y mil pillos conspiraban por el triunfo de todas las banderas conocidas.

Favoreció también a nuestro desgraciado reo un individuo a quien pronto conoceremos, y que se hacía pasar por amigo de don Víctor Sáez, confesor de Su Majestad. Llamábase Naranjo, y era, como don Patricio Sarmiento, maestro de primeras letras, existiendo entre los dos, con la igualdad de profesión o industria, una rivalidad tan fuerte y rabiosa, que para hallarla semejante sería preciso revolver los antiguos odios corsos, o el antagonismo clásico de griegos y troyanos en los tiempos oscuros.

Naranjo fue generoso con Gil, pues además de trabajar en su reducida esfera para que pudiese volver a la corte, arrancándole de los miserables pueblos del norte de Madrid, le dio asilo en su misma casa y calle de las Veneras, ochenta y tres escalones más arriba del local de la escuela, en un departamento estrecho, pero independiente del propio domicilio del dómine. De tres o cuatro piezas tan solo disponía Gil; mas el buen orden de su hija había hecho de ellas un recinto casi decente y casi cómodo, utilizando los pobres trastos que conservara de su antigua casa, y algo que allegó con el favor de una providencia desconocida de todos los vecinos, aunque no de nosotros.

El desgraciado don Urbano no salía de su casa a ninguna hora del día ni de la noche, y rara vez ponía los pies fuera de la pieza que escogió para su albergue, triste y oscura como una mala noticia. Había adaptado su organismo a un sillón que le servía de concha, y en él la cabeza calva, el rostro pálido y extenuado, los cansados ojos, las manos flacas, los brazos negros permanecían largo rato en inmovilidad casi absoluta, en medio de un silencio semejante al de cualquier alcoba mortuoria.