De pronto movía la cabeza, miraba hacia afuera, y el patio lóbrego y sucio al cual daba su ventana, ofrecíale el grandioso paisaje de dos o tres cocinas medianeras. Allá arriba se veía, sí, un recorte irregular azul lleno de luz y de belleza: era el cielo. Gil de la Cuadra lo miraba hasta que el dolor del torcido pescuezo obligábale a sumergir su contemplativa mirada en el fondo del patio. Allí todo era lobreguez, horror, vapores infectos, un detestable olor a almíbar. Hervía el azúcar en las cazuelas, y un negro cíclope del dulce labraba yemas y azucarillos en aquella caverna húmeda y acaramelada. Las coplas obscenas que cantaba y el vaho de tal industria se unían en conjunto muy desagradable.

A ratos leía el anciano. No escribía nada. Sus libros eran las novelas de la época, entro ellas el Werther y La nueva Eloísa; también Las noches. Aquel espíritu fatigado se rebelaba contra las lecturas serias, entregándose con deleite a un pasatiempo que le producía fuertes excitaciones de la sensibilidad y de la fantasía. El aplanamiento de la vida y la rápida decadencia habían determinado en hombre tan infeliz el retroceso senil que consiste en una especie de renovación enfermiza de la niñez. En aquella edad y circunstancias, en tal estado de alma y cuerpo, Gil de la Cuadra soñaba, mejor dicho, idealizaba.

Cuando su hija estaba en la casa, que era lo más común, solía dialogar con ella, aunque no mucho, a pesar de los esfuerzos de Sola por entablar conversaciones sobre temas lisonjeros; pero ya en los días a que alcanza nuestra descripción, que son los de mayo de 1822, el anciano, sin dejar de ser afectuoso con la graciosa joven, había perdido aquel cariño afable y atento que en él hemos conocido. Su sequedad llegaba a la aspereza y desabrimiento; mas la discreción de Solita sabía burlar ingeniosamente los ataques, consiguiendo siempre que el viejo, después de irritarse un poco, tornase a su tranquilidad meditabunda.

Cuando estaba solo, revolvíase inquieto después de largas pausas en que parecía dormido, o mejor, muerto. Un día en que Soledad había salido, el anciano leyó por espacio de hora y media. Después dio un suspiro; puso el libro sobre el antepecho de la ventana, revelando honda agitación en sus ojos, así como en sus labios, que articulaban sílabas sin sonido. En voz alta exclamó luego:

—Ahora tiene que ser. Ya no puedo más. He esperado bastante.

Levantándose como pudo, dirigiose al cuarto de su hija, y de allí a la pieza que servía de cocina. Revolvió febrilmente todos los objetos que pudo tocar; fue, vino de un lado a otro; registró; puso sus manos arriba y abajo, desordenando cuanto allí había.

—Nada —dijo para sí con acento de dolor—. Esa pícara lo guarda todo bajo llave.

¿Qué buscaba? No debía de tener hambre, porque allí había comida y ni siquiera la tocó.

Volviendo al cuarto de su hija, examinó las cerraduras de todos los cofres. Ninguna estaba abierta. Con rabia golpeó las arcas y los cajones de la cómoda, gruñendo así:

—Todo, todo lo guarda esta condenada.