En seguida registró la ropa que en distintos puntos de la estancia había. Su mano, trémula y resbaladiza, entraba en todos los bolsillos, deshacía todos los pliegues, sacudía las faldas, desdoblaba lo doblado y hacía envoltorios de lo extendido.
—Nada, nada.
Sin duda buscaba llaves. Después de mucho revolver sintió un ruido metálico. Metió la mano y sacó una pieza de dos cuartos y un ochavo.
—Esto ya es algo —pensó—. Con esto tengo ya catorce cuartos reunidos, y si encuentro más... Iré juntando, y a falta de un medio, emplearé otro.
Pareció darse por satisfecho con tal razonamiento y con aquel hallazgo, y puso fin a sus investigaciones. Regresando a sus dominios, es decir, a su sillón, sacó del seno un envoltorio para guardar su nueva conquista. Antes de hacerlo contó repetidas veces, con la gozosa atención del avaro, su tesoro.
—Catorce cuartos —dijo—. Catorce y un ochavo.
Después hizo cuentas con los dedos mirando al techo.
—Sí —murmuró—, pronto podré... Cualquier medio sirve. Quizás sea este el mejor... Sí, es el mejor, el más fácil, el menos sospechoso, el más tranquilo... Puedo bajar fácilmente a la calle cuando mi hija no esté aquí... Ya sé lo que tengo que hacer. Catorce cuartos... Todavía es poco. Pero Dios me ayudará..., es preciso concluir pronto. ¡Maldita vida, que aun para echarte fuera nos has de dar trabajo! ¡Miserable harapo que te llamas cuerpo..., que aun para limpiarnos de ti han de ser precisas tanta fatiga y tanta lucha!
Sintiendo los pasos de su hija, guardó precipitadamente lo que contaba y tomó el libro.
Disimulaba como un escolar travieso.