Soledad se acercó a él, le pasó la mano por la frente, le dijo algunas palabras cariñosas, y después entró en su cuarto.
—¡Virgen María! ¿quién ha estado aquí? —exclamó—. Si hubiera gatos en la casa, diría: «los gatos»; pero no los hay.
Miró desde la puerta a su padre con la severidad cariñosa que se emplea ante los niños enredadores.
—Yo fui, Sola —dijo don Gil, mirándola también con un poquillo de turbación—. Yo fui: buscaba unas migas de pan para echar a esos gorriones que suelen bajar a la ventana de enfrente.
—El pan estaba en la cocina: ¿no le vio usted?
—No, hijita, no vi nada. Creí que tendrías migas en los bolsillos.
—Lo mismo pasó la semana pasada cuando salí —dijo Solita, quitándose los alfileres del manto y cogiéndolos en la boca, mientras se quitaba aquella prenda—. Este papá mío es más travieso... Otro día saldremos juntos.
—Ya te he dicho que no quiero salir.
—A tomar el sol.
—Aborrezco el sol —repuso Gil de la Cuadra con laconismo.