—A tomar el aire.

—Aborrezco el aire.

—A ver a Madrid.

—Madrid me repugna, me enardece la sangre, me mata.

—A ver la gente, a distraerte un rato.

—¡La gente! ¡Bonita cosa quieres enseñarme! ¡La gente! Si los ojos no sirvieran más que para ver gente, no valdría la pena de tenerlos.

—Vamos, vamos: basta de locurillas. Dios se enfada con los que dicen eso.

—Basta, regañona. Ahora me toca a mí. ¿En dónde has estado hoy tanto tiempo?

Soledad vaciló un momento antes de dar contestación: ¡tanta era su repugnancia a mentir!

—He ido a entregar una obra que había concluido... Por cierto que he venido muy a prisa para que no estuviera usted solo.