—¿Una hacienda regular? Una hacienda con la cual hubieras vivido como una reina —exclamó Cuadra—. Porque esa hacienda debía ser para ti, porque Anatolio debía casarse contigo, como le mandó su madre.
—¿Y si le ha gustado más otra?
—¡Horror! ¡Qué despropósitos dices! ¡Conque ese miserable será capaz de entregar a otra su mano, su corazón, su casa, su hacienda..., que debía ser para ti, sí, para ti, lo repito mil veces!
—Eso sí que es vivir de ilusiones, eso si que es vivir de fantasmagorías. ¿A eso llama usted realidad?
—No..., yo he soñado, he soñado como un insensato, como un niño, como un rapaz enamorado —dijo don Urbano secando las lágrimas que corrían por sus flacas mejillas—. Yo he soñado durante algún tiempo que tú ibas a ser señora de una hermosa casa, que ibas a tener criados, magníficas praderas, vacas, mieses, montes. Pero ese joven nos ha hecho traición..., porque es una traición, una alevosía.
—Si ese joven se ha creído dueño de su propio destino, padre, ¿qué le vamos a hacer? ¿Hemos de irritarnos por eso? ¿Por qué hemos de dudar de Dios? Yo le juro a usted que renuncio de buena gana a los prados, a la hermosa casa y a las vacas de leche. Todo lo doy con gusto en cambio de la tranquilidad de nuestro espíritu, que es la hacienda mejor de todas.
—¡Desgraciada! Tú no sabes lo que es la orfandad, la soledad; tú has olvidado que, muerto yo, no tendrás amparo alguno en el mundo.
—Pues yo estoy segura de que lo tengo, o de que lo tendré.
—¿Tú?... ¿Estás loca? No conoces el mundo.
—Lo conozco.