—¿En qué esperas?

—En Dios.

—Las calles están llenas de mendigos, de niños abandonados, de infelices muchachas que se han prostituido. ¿Dónde está Dios que no les ampara?

—¿Qué sabe usted si les ampara o no?

—Sé lo que es el mundo... ¡Dios de los cielos! ¿Qué faltas he cometido yo para tan inmenso castigo? ¡Tener horror a la vida por mi miseria, por mi desgracia, por mi infamia..., y al mismo tiempo tener horror a la muerte porque muriendo, dejo a mi pobre hija en la miseria, sola y sin arrimo! ¡No poder vivir..., ni morir!

El anciano rompió a llorar. Solita no dijo nada, porque lo que podía decir no hubiera convencido al infeliz viejo, y lo que le habría convencido no podía ser dicho. Abrazó a su padre, y se confundieron las lágrimas de uno y otro. Un ruido extemporáneo en lo interior de la casa les sacó de la sombría contemplación de su desgracia.

VI

Oíase la voz de Naranjo, áspera y chillona. Oíase otra voz ronca y hueca que tenía las sonoras y retumbantes inflexiones de la elocuencia.

—Como lo cortés no quita a lo valiente —decía Naranjo—, bien venido a mi casa sea el señor don Patricio. Dígame en qué puedo servirle.

—Todo Madrid, señor Naranjo, todo Madrid —decía Sarmiento— sabe que no somos amigos. Cada cual tiene sus ideas, y como en las ideas no se transige... Pero una cosa es la política y otra la cortesía.