—Siéntese el buen Sarmiento.
—Gracias, señor de Naranjo.
En la habitación que a este servía de sala de recibo, estaba Sarmiento vestido con uniforme de miliciano nacional, gran casaca azul de botón de plata, con las iniciales M. N. en el cuello; descomunal morrión en forma muy semejante a la boca de una pieza de artillería y adornado de flamantes cordones; correaje blanco cruzado en el pecho, sable y cartuchera. Con tales arreos, la enhiesta figura del maestro de escuela parecía agrandarse,
extenderse, crecer, tocar las nubes,
y en el profundo abismo hundir la planta.
¡Tales eran su arrogancia y tiesura, y el marcial continente severo con que los llevaba!
—No sabía —dijo Naranjo con sorna—, que el señor don Patricio había ingresado en la Milicia nacional. Ya tenemos a Periquito hecho fraile.
—Los pillos crecen, el absolutismo trabaja, el sistema peligra; malos vientos soplan... Es preciso luchar... Con su permiso, señor Naranjo.
Ambos se sentaron.
Cuando Sarmiento se desplomó sobre la silla, emitió la siguiente copla, que siempre traía pronta para soltarla en todos los actos de la vida: