—Lo supongo.

—Por consiguiente, no vengo acá como autoridad.

—Es de creer, porque no es usted juez, ni jefe político, ni capitán general.

—Quiero decir que no vengo con la espada en la mano..., y razón había para ello, porque usted, señor Naranjo, conspira más que el rey, y su casa es una madriguera de conspiradores, ¡chilindrón, chilindraina!

—Señor Sarmiento —dijo Naranjo con indignación mal reprimida—, cuando sea usted autoridad le daré cuenta de lo que en mi casa hago o dejo de hacer. Pero no lo es usted todavía: absténgase, pues, de formar juicios temerarios, y no se meta en lo que no le importa.

—¡Ah! Ya sabía yo que saldríamos por ahí —afirmó Sarmiento con vanidad—. Esté tranquilo, que las conspiraciones serán descubiertas y los locos realistas castigados. Seremos inexorables, y no le tendré a usted lástima, no, porque ejerzamos una misma honrosísima y nobilísima profesión, no... La justicia siempre por delante.

Siempre se dijo,

y ello es probado:

a burro lerdo

purísimo palo.