—¡Seis mil duros!... Querida Sola, ¿por qué no me abres la ventana? Me falta aire que respirar.
Gil de la Cuadra quería meter toda la atmósfera en sus pulmones.
Al día siguiente, Anatolio se atrevió a hablar a su prima de algo parecido a amores. Hasta entonces una violenta cortedad le había impedido tocar tan delicado punto. Estaban solos.
—Soledad —le dijo—, mi madre y tu padre nos destinaron a casarnos. Yo estoy contento, ¿y tú?
—Yo quiero todo lo que quiere mi padre —repuso Solita.
Estaba pálida como una muerta, y sus palabras parecían suspiros.
—Yo bien sé que no puedes quererme... —añadió el mancebo—. Pues mira tú, yo te quiero a ti aunque no te he visto sino cinco días. Hasta ahora ninguna mujer me ha gustado más que tú. Dime, ¿tienes deseos de ir a Asturias?
—Yo estoy bien en todas partes.
—Bien contestado..., pero dime: me encontrarás un poco palurdo, ¿no es verdad?
—¡Qué cosas tienes! ¿Tú palurdo?