—También, también las conservo. ¿Pues qué, las había de vender? No las daría por cinco mil duros.

—¡Caramba! —exclamó Gil mirando a su hija—. Y me dijeron que de la testamentaría de tu abuelo materno te tocó una casa en Luarca.

—Una casa, una cuadra y un taller de carretería. Los tengo arrendados, y aunque no son gran cosa, dan..., sí señor, dan.

—Luego tú eres tan arreglado, tan cuidadoso de tu hacienda, tan formal, tan económico... Te pareces a tu buena madre, que en gloria esté.

—Además, tengo un crédito en la casa del excelentísimo señor duque del Parque, mi paisano, y amigo que fue de mi señor padre.

—¿El duque del Parque? Ya sé, general y diputado, político y orador... Es de los exaltados y martilleros.

Al oír nombrar al duque, el corazón de Solita le saltó en el pecho, como un loco en su jaula.

—Mi padre —prosiguió Gordón— anticipó una cantidad al señor duque para reparación de los molinos en el río Pisueña, y además se quedó con las obras para la subida de aguas a las huertas de Cabruñana. No le pagaron, y ahora la administración de Su Excelencia dice que los papeles no están claros. Yo porfío que sí, y vamos a tener pleito, aunque espero que hablando yo mismo al señor duque, que está en Madrid, y recordándole lo que pasó, reconocerá la deuda y me pagará por buenas.

—Sí, te pagará... Si es cosa clara...

—Son al pie de seis mil duros.