Solita no chistaba, concretándose a ver y oír. La conversación de Anatolio no era, por lo común, muy interesante, y aquel día redújose a fórmulas frías de felicitación y a pormenores de su viaje y de su instalación en Madrid. Anunció a su tío que una vez arreglados sus asuntos militares, le visitaría dos veces todos los días, siempre que no estuviera de servicio, siendo de tres o cuatro horas cada visita. No hablaron en aquella primera conferencia de la proyectada boda, lo cual pareció muy decoroso a Gil, y se despidió el joven hasta la tarde, dejando en el anciano impresión felicísima, y en la joven una especie de estupor frío que no podía explicarse.
Anatolio volvió al siguiente día con su uniforme de infantería. Sin estar mal, no podía decirse que fuera un modelo acabado de apostura guerrera. Ya fuese que engordara bastante después de estrenada la casaca, ya que el sastre se quedó corto al hacerla, ello es que un grave conflicto parecía inminente por haber más cuerpo que paño; que este se reventaba, y aquel quería por las costuras a toda prisa salirse.
Aquel día empezó por hablar de sus asuntos y del plan de conducta que se había trazado respecto a su carrera.
—Pienso abandonar la milicia en cuanto haya servido un par de meses en la Guardia. No me gusta esta maldita carrera, y soy partidario de que el buey suelto..., ya me entienden ustedes.
—Apruebo esa determinación —repuso Gil de la Cuadra, que no podía pensar nada distinto de lo que pensara su futuro yerno.
—Felizmente, no le falta a uno con qué vivir —añadió el mancebo con énfasis—, y yo creo que trabajando en lo que tengo no nos irá mal.
Al decir nos, Anatolio miró a su prima, y Gil de la Cuadra, que pudo advertir palabras y mirada, sintió una sensación de gozo como si los ángeles le cogieran en brazos para llevarle al cielo.
—Dime una cosa —preguntó don Urbano, a quien la satisfacción le salía chispeante por ojos y boca—: ¿conservas aquella haciendita tan preciosa de Cangas?
—Sí, señor —repuso Anatolio poniendo una pierna sobre la otra y echando el cuerpo atrás—. La conservo, y los dos prados de al lado: aquel pequeño, que era del procurador Sotelo, y el grande, de doña Nicanora. Voy uniendo todos los pedazos que puedo, porque quiero hacer una hacienda grande, muy grande.
—¿Y las dos herrerías de Mieres?