—¡Ven a mis brazos, hijo mío de mi corazón! —exclamó el anciano, desvanecido por la felicidad—. Esta es tu esposa, mi hija querida.

Anatolio Gordón era un muchachote corpulento, tan rubio que el pelo y la cara casi parecían del mismo color, siendo sus cejas casi blancas y las pestañas como las de un albino. Su cara pecosa y arrebolada estaba siempre risueña, cualidad que se avenía bien con la redondez de la misma, y con sus facciones agraciadas y poco varoniles. Bigote amarillo, como madejilla de hilos de oro pálido, ornaba su boca, no menos encarnada que una cereza, y sin aquel ligero emblema de su condición masculina, la cara del primo Anatolio habríase confundido con la de una asturianaza guapetona o mofletuda pasiega. El musculoso cuerpo representaba hercúlea fuerza, y sus manazas parecían más propias para romper los objetos que para cogerlos. En todo él revelábase poco hábito de las formas sociales y una franqueza campesina que por cierto no era desagradable. Finalmente, el conjunto de la persona de Anatolio Gordón predisponía en su favor, y nadie, al verle, podría negarle un puesto honroso, quizás el primero, entre los excelentes muchachos.

Hízole sentar a su lado don Urbano y no se saciaba de contemplarle.

—Yo creí que vendrías de uniforme —dijo estrechándole las manos—. ¡Pero qué grandón estás! ¡Cómo has crecido, hijo! De seguro que no habrá en toda España un mozo más guapo que tú. Si vieras qué alegría nos ha dado tu carta... Yo creí que nos habías olvidado.

—Tengo que pedirles perdón —dijo Anatolio con torpeza, pues era algo corto de genio— por haber estado tanto tiempo sin escribirles.

—Déjate de excusas ahora...

—Pero siempre tuve intenciones de volver, siempre he tenido presente lo que mi madre me dijo al morir...

Mirando a su prima, Anatolio se puso como la grana.

—Yo no podía explicarme tu silencio —manifestó Cuadra—. Mejor dicho, yo había perdido la esperanza de que vinieras. Mi hija, esta buena hija, que ha sido mi consuelo y mi luz, esperaba siempre, confiando en la Providencia.

—No tarda quien viene. Aquí estoy al fin —dijo Anatolio con expresión desabrida—, aquí estoy a la disposición de usted, querido tío.