moderación y embelecos:

a todo el que se deslice,

zurriagazo y tente, perro.

En este desconcierto, dos hombres de acción y energía pugnaban por afirmar el principio de autoridad. Eran el jefe político, Martínez de San Martín, llamado por el populacho Tintín de Navarra, y el general Morillo, que ganó en América la corona condal de Cartagena de Indias, militar denodado y buen caballero.

Tal era el cuadro que ofrecía esta nación privilegiada en junio de 1822.

Fijábase entonces la atención del país entero en la Guardia real, porque casi todos los individuos de ella eran partidarios del Rey neto, profesando esta opinión con tanto desparpajo y franqueza, que a cada momento la manifestaban a sablazos. En formación o sin ella, los guardias eran propagandistas muy celosos del absolutismo, y ya podía encomendarse a Dios quien delante de ellos osase pronunciar el viva Riego. Aborrecían El Zurriago, que diariamente les ponía cual no digan dueñas, y despreciaban a los milicianos nacionales. El rey no solo les protegía, sino que les azuzaba, haciéndoles instrumentos de las oscuras tramas palaciegas; los ministros les tenían más miedo que si fueran el ejército de Atila, y Morillo aspiraba a amansarles, reconciliándoles, ¡oh inocencia!, con la Milicia nacional.

En su soberbia, creían los arrogantes pretorianos que podían hacerlo todo, dar un puntapié a aquel desvencijado armatoste del constitucionalismo, y devolver al rey sus facultades netas, poniendo las cosas en estado semejante al que tuvieron en el venturoso 10 de mayo de 1814. Pero a pesar de la anarquía que pudría el cuerpo social, esto era más fácil de decir que de hacer.

¿De qué manera trataba el Congreso de sojuzgar al espantable monstruo de la Guardia, que amenazaba tragarse Cortes y libertad? ¡Ay! Los padres de la patria oían sonar los primeros truenos de la tempestad, y decidían: que se organizase mejor y con más desarrollo la Milicia nacional; que los jefes políticos despertasen el entusiasmo liberal por medio de himnos patrióticos, músicas, convites y representaciones teatrales de dramas heroicos para enaltecer a los héroes de la libertad; que los obispos escribiesen y publicasen pastorales, poniendo por esas nubes la sagrada Constitución. En cuanto a la Guardia, como molestaba tanto, decidieron que lo mejor era suprimirla por un decreto.

En esta situación política, la Milicia nacional voluntaria (el gobierno quería con razón hacerla forzosa) era la institución más feliz del mundo, y los milicianos los hombres más bienaventurados de Madrid. No trabajaban; concurrían diariamente a festejos cívicos en que se empezaba comiendo y se concluía bebiendo; eran estimados por el vecindario, por nadie temidos, y únicamente por los serviles guardias despreciados. Se daban buena vida, vestían lujosos uniformes, formaban gallardamente en las procesiones, tiraban al blanco, y se tenían por el más firme sostén del trono y del sistema.

Verdad es que con tantas ocupaciones fuera de casa, más de un hogar estaba abandonado, muchas herramientas rodaban mohosas por el suelo, los chicos no iban a la escuela, y el orden y arreglo domésticos se resentían notoriamente. En regiones más altas, advertíase que muchos libros habían sufrido la infamante pena de horca; en diversas oficinas, bostezaban cubiertos de polvo los expedientes, y en no pocas casas de comercio, los géneros y las cuentas se resentían de falta de uso. En cambio, bastantes jóvenes de elevadas familias habían moralizado sus costumbres, trocando las calaveradas dispendiosas por la holgazanería disciplinada de las formaciones y de las guardias, lo cual ciertamente era una ventaja. Se habrá comprendido por estas observaciones que la Milicia nacional de entonces no era, como alguien puede creer, un organismo militar formado con carne plebeya y artesana, sino que todas las clases sociales habían puesto en ella su magra y su tocino. Jóvenes de la clase media y de las familias más distinguidas se honraban con el uniforme de la M. y la N.