No puede darse heterogeneidad más abrumadora que la de aquella sociedad política. El rey era absolutista; el gobierno, moderado; el Congreso, democrático; había nobles anarquistas y plebeyos serviles. El ejército era en algunos cuerpos liberal, en otros realista, y la Milicia abrazaba en su vasta muchedumbre todas las clases sociales. Solo la Milicia era lo que debía ser. Ya se verá también que era lo que más valía.
Hacían la guardia los milicianos en diferentes puntos. Visitémosles en uno de ellos, en la Casa-Panadería. Aquel edificio tenía entonces el mismo aspecto de hoy, es decir, que parecía estar roído por los ratones y manchado por las moscas. Su frontis lleno de figuras al temple, no había palidecido tanto, es verdad, y conservaba algo del rojo subido, como un reflejo de las llamaradas de los autos de fe; pero el cuerpo bajo y la galería de sillares estaban ya comidos de miseria, como se suele decir; tal era su deplorable vista a causa del tiempo y el abandono. En la gran sala baja estaba el cuerpo de guardia, el cual era dormitorio, comedor, garito, locutorio, cátedra, café, con algo de club y no poco de casino, y hasta de logia, apurando mucho.
X
Era una noche de fines de junio clara y tibia. Los milicianos, sentados en banquetas o en sillas, tenían su tertulia bajo los arcos. Había jóvenes y viejos de distintas clases sociales, divididos en grupos que formara la edad, la simpatía o tal vez la posición, porque en medio de tanta fraternidad, el principio igualitario no tenía una aplicación perfecta, como es de suponer, ni se olvidaban los nombres y las fortunas. Más que la jerarquía social era puesta en olvido la militar, porque soldados rasos y oficiales se trataban de tú, bebían en un mismo vaso y cambiaban, partiéndola entre uno y otro, una misma peseta.
—Allí viene el gran don Patricio —dijo en el principal grupo un mozo bien parecido, con insignias de sargento de granaderos—. ¿A que no saben ustedes qué es lo que le trae tan alterado y furioso?
—Que casi todos los chicos de la escuela se le van marchando. Eso ya lo presumíamos.
—Si no enseña más que tonterías... Se ha empeñado en que la Historia romana ha de ser antes que la escritura. Si quieren ustedes pasar un buen rato, lléguense un día a la escuela. Ni en el teatro se ríe uno más.
—Era el mejor maestro de Madrid antes de meterse a patriota —dijo un jovenzuelo, con charretera de teniente—. Mamá ha quitado de su escuela a mis dos hermanitos, Manolo y Braulito, porque iban a casa cantando los versos de El Zurriago y no sabían palotada.
—¡Pobre don Patricio! —exclamó un capitán que ya era hombre mayor—. Pues yo no he quitado a mi chico por..., por pereza, porque estas cosas de la Milicia le traen a uno tan distraído..., pero mañana mismo le saco de Roma y Cartago.
—La gran pena de este pobre hombre es que todos sus alumnos se los arrebata un tal Naranjo, a quien no puede ver ni en pintura, porque es servil, porque enseña por Torío, y, sobre todo, porque le quita la clientela.