—Naranjo, Naranjo —dijo el preopinante, haciendo memoria—. Yo he oído ese nombre. ¿A ver si lo tengo aquí?

Sacó una cartera, y a la luz del farol que había en la pared, miró.

—Sí, aquí lo tengo. Buen pájaro..., amigo de don Víctor Sáez, el confesor de Su Majestad y del conde de Moy, coronel de guardias. Hay sospechas de que conspira.

En tanto, don Patricio, que venía de uniforme por estar de guardia aquella noche, habíase unido a un grupo de milicianos de su calidad y estofa, y dejaba oír su grave voz en toda la arcada. Los jóvenes no volvieron a ocuparse de él.

—Más quiero tirar de un carro que ser hurón de conspiraciones —dijo el de la cartera.

Sentándose con muestras de fastidio, encendió un cigarro. Era el tal capitán figura demasiado grande y luminosa en el cuadro de los sucesos de 1822 para que le dejemos pasar con una simple mención. Fue su cuna la calle de Toledo y un comercio de hierro muy acreditado que heredó de su honradísimo padre, y que, beneficiado por él, pudo transmitir a sus honradísimos hijos y a sus honradísimos nietos, que fueron, años adelante, tan milicianos nacionales como él. Más que un hombre, don Primitivo Cordero era una especie. Su morrión, como las flores que se reproducen de año en año, ha brotado, digámoslo así, en períodos diversos, siempre con igual lozanía.

El primer rasgo de su carácter es la hombría de bien, y su comercio de hierro un modelo de buena fe, crédito y orden. En las relaciones sociales, fue siempre hombre muy ejemplar: a nadie calumnió, ni estafó, ni maltrató. Si no odiara con toda su alma a los serviles, se le tendría por paloma torcaz antes que por hombre. Con sus amigos es leal y cariñoso, y su opinión de buen muchacho está tan arraigada, que ha llegado a ser dogma de fe desde los portales de Bringas hasta el portillo de Gilimón. En su casa es modelo de padres y esposos. Para que nada le falte, hasta es buen católico, y cumple con la Iglesia sin dar que decir al sacristán de su barrio, ni menos al cura, que saben lo que pesan la cera, las limosnas y las misas del señor don Primitivo Cordero.

El segundo rasgo de su carácter es menos simpático: consiste en la ignorancia. Don Primitivo no ha hecho estudios mayores, por no ser esto costumbre en el género de ferretería en doscientas varas a la redonda de Puerta Cerrada. No se ha roto Cordero los codos en Alcalá ni en Salamanca, ni en ningún colegio ni seminario; de modo que sus letras son simplemente las del alfabeto. En cambio, escribe por Iturzaeta con envidiable perfección: sus trazos son tan elegantes, que casi invaden los regios dominios del arte; y su rúbrica, pieza de grandísimo mérito, le envanece, no sin motivo, hasta el extremo de que no pierde ocasión de lucirla.

Fuera de esto, don Primitivo ignora todo lo ignorable, según la frase de un contemporáneo suyo, y así como el pájaro no sabe lo que canta, él jamás ha sabido ninguna cosa referente a sistemas políticos. Tiene ideas confusas, bebidas en una copla de El Zurriago, en un discurso de Argüelles y hasta en una frase inspirada de Pujitos; tiene, más que ideas, un sentimiento muy vivo de la bondad de las Constituciones liberales, y una fe ciega y valerosa, como la fe de los mártires, que desafía las polémicas, que desprecia los argumentos, y se dispone a gritar y morir, jamás quebrantada ni disuadida. Don Primitivo Cordero no acierta a comprender que puedan existir opiniones distintas en política; no puede comprender que haya más que una opinión: la suya. De ahí resulta su convencimiento de que los serviles, moderados y clerigones, piensan como piensan por interés, siendo todos ellos farsantes hipócritas y egoístas. Para Cordero, el mayor beneficio que puede hacerse a la humanidad es obligarla por la fuerza a tener la única opinión posible, su opinión de él, que es la más razonable, la más lógica, la más conveniente. No pensar como él piensa, es simplemente obra de la astucia o del interés bastardo, de lo cual deduce que todos los que no aman el sistema son unos pillos.

El tercer rasgo de su carácter es una sumisión incondicional a otras personas de más seseras dentro del partido, en tales términos que él no hace sino lo que ellos hacen, y dice todo lo que ellos dicen. Don Primitivo, en los tiempos de 1822, o sea en su primera encarnación, tenía por oráculo al jefe político Tintín de Navarra. Le ayudaba, le servía, le formaba, en unión de otros buenos comerciantes de la calle de Toledo, una pequeña corte, o más bien una de esas comparsillas que rodean a los personajes de segunda y tercera magnitud.