El cuarto rasgo de su carácter, en todas las encarnaciones de don Primitivo Cordero, es cierta templanza de hombre establecido y bien acomodado. Detesta las exageraciones y el derramamiento de sangre. Ha oído hablar de una cosa nefanda, la Revolución francesa, y le parece execrable; ha oído hablar de un hombre espantoso, Marat, y le parece un monstruo, que mandaba matar gente por gusto. Él no quiere que en su país pasen estas cosas, y opina que, para convencer a los reacios, deben emplearse, cuando más, algunos palos bien dados.

El quinto rasgo (porque son cinco) de su carácter es una gran predilección por la forma, dándole más importancia que al fondo. En la Milicia, por ejemplo, lo principal es el uniforme, en el gobierno las palabras, en la política general los himnos. Un viva dado a tiempo, un pendón bien tremolado, parécenle de más poder que todas las teorías. Él cuenta siempre con un agente de gran valía para resolver todos los conflictos políticos: el entusiasmo; así es que casi siempre está entusiasmado. He aquí una cosa en que no se equivoca el bueno de don Primitivo Cordero. ¡Desgraciada sociedad la que desconoce el entusiasmo! Esto es evidente; pero al mismo tiempo debe advertirse que ni aun este noble estado del ánimo que dispone a las grandes acciones está libre de extravíos, y que entusiasmarse fuera de tiempo y por cosas que no lo merecen no es de hombres sesudos ni de graves políticos.

La persona de este excelente hombre era, en los días de su primera encarnación, bastante agradable. Gallarda figura, en la cual encajaba el uniforme a maravilla; mirada perspicua, no como de quien ve, sino de quien cree ver lo oculto de las cosas; semblante varonil, algo petulante, con bigotes largos (pues los de moco no los llevó hasta su segunda encarnación); andar precipitado, arrastrando con horrísono repiqueteo marcial el sable, como quien va siempre de prisa a comunicar algo importante; voz sonora y cierto sentimentalismo en su conversación, como quien está dispuesto a llorar dando un viva, o a hacer pucheros cantando un himno; cierta disposición a la fraternidad, cierta generosidad aun con los enemigos; buena fe y lealtad, además de otras cualidades, completaban su persona en lo físico y en lo moral.

Era, además, hombre que gustaba de hablar, en las esquinas y en los cafés, misteriosamente, cuando topaba con sus amigos; de dar noticias a medias para confundir a las gentes; de no reconocerse nunca ignorante de ningún suceso; de dar a entender siempre que iba a pasar algo funesto, solo sabido por él y por Tintín; gustaba también de afectar el conocimiento de todas las tramas de los pillos, y siempre estaba de prisa, siempre comía a escape, siempre le apretaban las ocupaciones, siempre le estaban aguardando, siempre iba a casa del jefe político, al Ayuntamiento, o a otra cualquier parte donde debía de ser imprescindible su presencia. Ni más ni menos era don Primitivo Cordero.

XI

—Trabajo es andar tras los conspiradores —le dijo el tenientillo—. Ahí tiene usted, amigo Cordero, una cosa para la que yo no sirvo.

—Yo tampoco, ni es de mi agrado —añadió el capitán—; pero San Martín se empeña en que lo haga, y no puedo desairarle. Es preciso que todos trabajemos por el sistema. ¡Y el sistema peligra, señores!

—¡Vaya que si peligra! —dijo el jovenzuelo a quien llamaban el Marquesito, por ser hijo de un marqués—. El Sultán conspira ayudado por el Tamerlán de Francia, y dicen que Bayona es una fragua de conspiradores.

—Me han dicho —manifestó un tercero que no era más que sargento— que allá corre el oro que es un gusto. Mataflorida, Eguía y Morejón son los agentes que manejan las partidas realistas del norte. Esto se va poniendo muy malcarado.

—Ya, ya se tomarán medidas, señores —dijo Cordero con aplomo—. Los siete carbuncos son buenos sastres. Si creen ustedes que el gobierno duerme, se equivocan. El gobierno sabe todo lo que se trama.