—Pues yo —dijo el sargento— no doy dos cuartos por lo que hagan los siete carbuncos.[3] Todos sabemos que Madrid mismo está lleno de agentes que entran y salen. El rey manda sus soplones al norte, y el norte envía sus correveidiles al rey.

[3] Los ministros.

—Madrid lleno de agentes; ¡pero si ya lo sé!... ¡Tanto romperle a uno la cabeza con los agentes! —exclamó Cordero—. ¿Habrá alguien que lo sepa mejor que yo? Si les conozco a todos como a los dedos de mi mano.

—¿Pues por qué no les prenden?

—Ya caerán. No se irá la fiesta por el repulgo.

—¿Y quién duda que los zurriaguistas y toda esa canalla exagerada, lo mismo que esos que han formado la tertulia de los virtuosos descamisados —dijo el Marquesito—, reciben también dinero de Palacio?

—Ya eso es más difícil de probar.

—Mejía está vendido a los realistas. Por cada insulto le dan un duro.

—Sí, podrá ser..., no digo que no. El oro de la reacción corre que es un gusto.

Volviose a oír otra vez la voz alta y sonora de don Patricio. Se acercaba de grupo en grupo.