—¡A la salud del gran Riego y de los redactores de El Zurriago! —exclamó después de vaciar una copa.

—Eso último no, canario. Aquí no queremos Zurriagos.

—Cada uno le reza a sus santos. Dicen que los zurriaguistas están vendidos al oro de Palacio; pero yo digo que quien se vende es el gobierno, ¿estamos?

—Falta probarlo.

—Yo no pruebo nada.

—Más que el vino.

—Todos ustedes —añadió el preceptor, dirigiéndose con gran énfasis a don Primitivo— están con los ojos vendados. ¿A qué hablar de agentes venidos del norte si los han visto como yo a los Reyes Magos?

—¿Cómo se llama aquel de quien me habló usted aquí, y cuyo nombre no recuerdo? —preguntó Cordero sacando su cartera.

—Don Anatolio Gordón... Apunte usted ese y servirá de algo.

—Ya está.