—Es alférez de la Guardia, y antes de llegar a Madrid escribió una carta que vino a parar a mis manos.
—Y que usted leyó.
—Yo no abro cartas ajenas, ¡chilindrón!, aunque en ello me vaya la vida —afirmó don Patricio con dignidad—. Pero sin abrirla sé lo que contenía... El buen sastre conoce el paño. Tengo yo mucho ojo.
—¿Y qué contenía?
—Avisos, planes; quizás estaría en cifra. No es preciso quebrarse los cascos para comprender, señores, que dentro de aquella epístola se encerraba el monstruo hediondo del despotismo.
—Bien.
—Y solo con ver a quién iba dirigida...
—¿A quién?
—A don Urbano Gil de la Cuadra..., puede que no le conozcan ustedes... ¡Ya!, a estos chicos de teta hay que enseñarles el abecé de la política. Gil de la Cuadra fue compañero del cura de Tamajón. Ambos hicieron aquel horrendo plan..., ya saben ustedes.
—¡Sí, ya sé! Estuvo preso.