—Pero se escapó, y como nuestros gobiernos de mantequilla protegen a todos los tunantes, y basta ser realista para ser mimado y recibir confites, Gil de la Cuadra volvió a Madrid, y ahí está haciendo su santa voluntad y riéndose de nosotros. ¡Por los clavos de la chilindraina!...

Cordero apuntó.

—Basta saber dónde vive para comprender que no se ocupa, como el diablo cuando no tiene qué hacer, en matar moscas con el rabo.

—¿Y dónde vive?

—En casa de Naranjo, hombre de Dios. Vaya unos amigos que tienen los carbuncos. No saben más que farandulear con los uniformitos, y mientras el enemigo nos mina el terreno, ellos pasan el tiempo retorciéndose el bigotejo lleno de pomada. ¡Qué amigos tiene el gobierno! Será preciso que nosotros los zurriaguistas, nosotros los locos, los furiosos, los descamisados, los republicanos, les digamos dónde está el lobo.

—¿En casa de Naranjo?

—Hombre abominable —dijo el Marquesito con sorna—, hombre feroz que enseña por Torío.

—¿Y Gil de la Cuadra recibió la carta? —preguntó Cordero mojando el lápiz en la punta de la lengua.

—Y después que la recibió, salió... Yo acechaba, señores, porque me ocupo de estas cosas, aunque Tintín no me pide su parecer... Pues bien: Gil de la Cuadra salió, y con todos los guardias que encontraba al paso, hablaba, ¿eh? Después fue a la Cuesta de la Vega y entró en el cuartelillo de Palacio.

—Donde está el primer batallón.