Parece que estamos tontos...

La cosilla tiene pelos...

[9] Eguía.

Como recitaba en voz alta estos versos, sus compañeros le hacían coro con risas y agudezas.

XII

Anatolio, después que arregló el negocio de su entrada en la Guardia, fue a Aranjuez con la corte. Gil de la Cuadra, durante la ausencia de su futuro yerno, a fines de junio, pasaba las horas recordando hasta las más triviales palabras de este, haciendo cuentas para fijar bien la cifra de su fortuna, y dando consejos a Solita sobre la mejor manera de fomentar las praderas, de gobernar una casa de labor y de hacer manteca.

—Cansado estoy de hacer manteca en La Bañeza, donde la hay excelente —le decía—; pero tú, con la magnífica leche de Asturias, la podrás obtener mejor.

Soledad, por darle gusto y tenerle contento, afectaba tomar con calor estos temas. Suegro y yerno habían concertado la boda para los primeros días de julio, y no había que pensar mucho en los preparativos, porque todos podían hacerse en un día. Los referentes a la documentación ocuparon durante un par de semanas a don Urbano, que se consagraba a esta dulce tarea con tanto júbilo como cuando se casó por primera vez lleno de dulces ilusiones.

Un día, mientras su padre escribía algunas cartas, Soledad salió. Iba por la calle con la vista fija en el suelo, sin reparar en nada de lo que a su vista ofrecía Madrid en tiendas y gentío a la mejor hora de la mañana. Pero a pesar de su abstracción, no se equivocaba de camino, y seguía derecha y sin vacilar calle tras calle, hasta que llegó a la casa del excelentísimo señor duque del Parque. Ningún obstáculo halló a su entrada, y por fortuna, la persona que buscaba no tenía a nadie en su compañía. Cuando Sola se sentó junto a la mesa del despacho, su hermano pudo observar en ella una palidez y tristeza mayores que de ordinario.

—¿Qué tienes? —le preguntó tocándole la mejilla con las barbas de la pluma—. ¿Está ya arreglado el casamiento?