—Ya —dijo Sola esforzándose en sonreír—. Pero quiero que me aconsejes tú.

—¿Pues qué, no lo has decidido todavía? ¿Necesitas de mi consejo para tomar una determinación tan buena?

—Sí —afirmó ella suspirando—, porque según lo que tú me digas, así haré. Sería una falta muy grande que no te consultara para todo, después de lo que has hecho por mí.

—Soledad —dijo el joven con gravedad—, te considero como una hermana, te quiero como una hermana. Si hubiéramos nacido de una misma madre, no me interesaría por ti más de lo que me intereso. Pues bien: mi consejo de hermano es que te cases sin vacilar.

—Bueno, bueno..., yo quería saberlo; quería que me lo dijeras así, terminantemente.

La voz de Sola temblaba, y sus palabras salían, como el trino musical, en sílabas aperladas, cristalinas.

—Pero me parece que no estás contenta —continuó Salvador, dejando la pluma y apartando el papel—. Vamos a ver, querida: ¿no dices que tu padre desea el casorio?

—Lo desea tanto, que se volvería loco, o se moriría de pena, si no me casara.

—Entonces...

—Decidida estoy a hacer el gusto a mi padre; pero quería saber si tú aprobabas mi resolución. Por esto conocerás el gran respeto que te tengo.