—Entonces no me pidas consejo.
—Es que si tú...
Soledad se sofocaba. Necesitaba tomar aliento a cada palabra.
—Es que si tú me aconsejaras otra cosa, hasta sería capaz de no hacer lo que mi padre desea. Se enojaría por algún tiempo; pero ya buscaría yo el medio de contentarle.
—No puedo aconsejarte tal cosa —dijo Salvador seriamente—. Respóndeme con franqueza. El lugar que en tu corazón corresponde a ese señor primo, ¿se lo has dado a otro?
Soledad vaciló un instante y se puso como la grana.
—A nadie.
—Entonces, hija —dijo Monsalud apartando la vista de su hermana para fijarla en lo que escribía—, todo es cuestión de un poco de tiempo. He visto a tu primo, tengo antecedentes de él, y respondo de que le querrás mucho. No te apures.
—¡Oh!, eso sí: es buen muchacho.
—Y en esta oficina hay datos para creer que es honradísimo. Aquí estuvo a solicitar del señor que le abonara unos créditos... Ya sabes.