—Sí.
—El duque vacilaba. Yo pedí informes a un mayordomo asturiano que vino a traer cuentas, y en virtud de las buenas noticias que me dio, aconsejé a Su Excelencia que accediera a la petición de tu marido..., ya se le puede dar ese nombre.
—¿Y ha consentido el duque?
—Sí. Cuando vuelva tu primo de Aranjuez le daré esa buena noticia. ¡Ah, pobrecilla! Bien puedes decir que se te ha entrado la fortuna por las puertas. Anatolio es un joven agradable, bueno, sencillo, honrado, trabajador. Además, posee regular fortuna. Tu situación y la de tu padre son tales, que podéis considerar esto como una bendición de Dios. No son otros tan afortunados. Sola, no desprecies lo que te da la mano de Dios, no tengas soberbia, no vaciles.
—No, si yo no me quejo —respondió la muchacha con turbación—. Si no digo nada; si estoy decidida a casarme. Ya te lo dije al entrar aquí. Mi padre lo quiere y basta. ¡Pues no faltaba más!
—Y no solo porque lo quiere tu padre, sino porque te conviene, Sola; porque este favor del cielo excede a cuanto podías apetecer... Dime, ¿qué encuentras en Anatolio que no te agrade? Yo le encontré bien parecido, simpático, y su franqueza y lealtad me cautivaron.
—¡Oh!, a mí también..., no me desagrada —dijo Sola tratando de aparecer serena.
—¡Si vieras con cuánto interés le miraba yo! Le miraba como a persona que va a entrar en mi familia, y observándole decía para mí: «Como no hagas feliz a mi pobre Sola, ya te verás conmigo.»
—Si él hubiera sospechado quién eres tú, es decir, que eres mi hermano, que me das limosna... —indicó la joven.
—¡Oh!, cualquier sospecha de este género le habría sentado muy mal. Es difícil hacerse cargo de las circunstancias en que nos hemos visto tú y yo... Cualquiera pensaría mal de mí y peor de ti, Solilla.