—¡Valiente cuidado me daría a mí de que pensaran algún disparate!

—Pero ya debemos estar tranquilos. Muy pronto, no necesitarás de mí. Yo te aseguro que lo siento.

—Y yo también —replicó ella maquinalmente.

—Ahora son un tanto peligrosas estas entrevistas nuestras —dijo Salvador con distracción—. ¿No te parece? Figúrate que alguien le dijese a tu primo...

—¡Oh! Sí... Ya te comprendo.

—Hay que tener circunspección. Querida hermana, no vuelvas aquí.

La querida hermana sintió una puñalada en el corazón.

—Sí..., es verdad —dijo balbuceando—. Yo había pensado..., lo mismo. No debo volver..., no volveré más.

—¡Qué triste es para mí tener que hablar de este modo! Creo que te echaré de menos, querida Sola, y que los momentos que has pasado junto a mí en este gabinete y junto a esta mesa, no se me olvidarán mientras viva.

A pesar de su aparente timidez y dulzura real, Solita no carecía de valor. Las desgracias de su vida habían dado singular temple a su corazón, y sabía ponerse a la altura de las circunstancias. Pudo, pues, alzar la frente con despejo, sonreír cariñosa, aunque serenamente, a su hermano, y decirle estas palabras: