—¿Y a mí podrán olvidárseme los beneficios que me has hecho? ¿Podrán olvidárseme las atenciones que has tenido conmigo, y tu empeño de llamarme hermana y tratarme como a tal? No se ven en el mundo ejemplos de caridad tan grande, ni ejercida con tanta delicadeza.

—No he hecho por ti sino lo que debía. Tú te mereces mucho más... Pero el poco tiempo que nos queda para estar juntos no lo empleemos en estas tonterías. Piensa que ahora nos vamos a separar, quizás para siempre. Sabe Dios cuál será el destino de cada uno. Probablemente tú serás feliz; vivirás contenta al lado de tu marido, que es un bendito, y de tus preciosos niños (porque tendrás hijos), y disfrutarás un bienestar tranquilo, sin ambición, sin cuidados, mientras que yo...

—Tú no eres feliz porque no quieres. No veo yo que te falte nada.

—Me falta todo —dijo Monsalud con tristeza—. Tú, amando tranquilamente a tu marido (porque le amarás, puedes estar segura de ello), rodeada de los hijos que has de tener, y al lado de tu padre, que vivirá todavía algunos años, puedes hallarte en la plenitud de tus sentimientos; puedes estar satisfecha, saciada, que es, como si dijéramos, con todas tus ideas realizadas, con tu vida llena hasta los bordes, sin ningún vacío. En mí, querida Sola, todo es vacío.

—Esto sí que no lo comprendo. Será porque tú lo quieres así —dijo la muchacha fijando la vista en varios objetos que había sobre la mesa y moviendo otros con su inquieta mano.

—No es fácil que lo comprendas. Dices bien. Por tu dicha, es tu naturaleza muy distinta de la mía... ¡Qué feliz ser así! Tú tienes resignación para soportar las contrariedades; tú tienes una acendrada fe cristiana que en mí, por mi desgracia, no existe; careces de pasiones exaltadas; tus sentimientos son tranquilos, fríos, dóciles, es decir, que haces de ellos lo que quieres; los míos son ardientes, furiosos, tiranos, es decir, que me esclavizan y juegan conmigo. Tus aspiraciones, en la esfera de los sentimientos, son razonables, proporcionadas a ti misma, a tu estado, a tus circunstancias; las mías son absurdas casi siempre, contrarias al buen sentido y a las leyes del mundo. Tú amarás a quien debes amar; yo siento atracción tan fuerte hacia lo imposible, que me estrello, sí, querida mía, me estrello (no encuentro otra palabra) contra unas murallas altas y negras que me cierran el paso. Tú descansarás en el cumplimiento de tu deber, confiada, tranquila, con el corazón y las ideas dentro de lo que yo llamo la medida social; yo estoy siempre fuera de la ley; yo siempre estoy en revolución; yo siempre vivo en un mundo, pienso en otro y en otro siento, sin poder jamás hacer de los tres uno solo.

Soledad habría podido decir mucho sobre aquel tema; pero por lo mismo que podía decir mucho, no dijo nada.

—Aquí tienes la diferencia que hay entre los dos —continuó él—: tú estás cortada para la felicidad, yo para la desgracia. Si algún día llegan a ti noticias de mí...

—Pues qué, ¿te vas? —preguntó Sola con viveza, frunciendo el ceño.

—Mi pobre madre enferma me detiene aquí; que si no... Yo no puedo vivir en este país.