—Cosas estupendas —repuso Gordón, haciendo al fin lo que tan reiteradamente le había rogado su suegro, es decir, echándose—. Muchos vivas al rey absoluto, otros tantos al rey constitucional, bastantes palos y algunos sablazos. El día de San Fernando un miliciano insultó al infante don Carlos.
—Sí, ya lo supimos. ¡Qué iniquidad! ¡Y no se castigan tales desacatos!
—Su Majestad ha venido esta mañana. Dicen por allá que día más, día menos, va a haber aquí un cataclismo. Mis compañeros están furiosos y decididos a proclamar al rey neto. Acabáramos de una vez. Lo que ha de venir, venga pronto.
—Dices bien; pero no te metas en nada, querido hijo. Yo sé lo que es política; sé lo que es conspirar. Mucho cuidado. Sigue a tus compañeros; pero no te distingas entre ellos por un celo excesivo en favor del rey neto.
—Así lo haré —dijo Anatolio estirándose bien para tocar con las manos la cabecera del lecho—. Poco tiempo me queda de servicio. He pedido mi licencia absoluta... A casa, que es madre; a cuidar de mi familia y de mi conveniencia.
—¡Admirablemente pensado y dicho! Vamos a ver: ¿tienes tus papeles corrientes para la boda?
—Todo corriente. Por mi parte... Que mi prima fije el día.
—¿Que yo fije..., que yo fije el día...? —balbució Sola, mirando a su padre.
—Es claro, mujer; que digas: tal o cual día me quiero casar.
—Pues el día... que ustedes quieran.