Solita dijo algo, sin duda; pero ella misma no supo lo que dijo. Gordón, tomándole de la mano, la llevó adentro. Gil de la Cuadra se enjugaba las lágrimas que la inesperada aparición de su radiante yerno en el cielo de la casa le había producido.
—Mira, querido Anatolio —le dijo—. Debes de estar muy cansadito. Siete leguas a caballo descoyuntan a cualquiera. ¿Por qué no te echas en mi cama?
—Gracias, tío.
—Hombre, ten confianza. Échate, Anatolio. ¿No te parece, Sola, que debe echarse?
—Sí, que se eche... ¿Conque has llegado?...
—¿No te dijo el corazón que llegaría hoy?
—¡El corazón!... —preguntó Sola, que creyó volverse idiota—. No..., sí..., sí me dijo eso. Siéntate.
—Pero, hija, ¿acabarás de dar vueltas por la habitación? —dijo Cuadra riendo—. En resumen: ¿te quitas el manto o no te lo quitas?
—¡Ah! Sí..., creí que me lo había quitado ya.
—¡Qué turbada estás!... Hoy comerá Anatolio con nosotros. Ya empieza a participar de nuestra pobreza... ¡Oh, qué feliz soy, Dios mío!... Dime, ¿qué ha habido de particular en el Real Sitio?