Soledad le dijo adiós por última vez, y volvió la cara hacia la puerta. Dos pasos más, y la puerta se cerró tras ella.

Aunque es cosa averiguada que el corazón no tiene alas, puede y debe decirse, aceptando la anatomía vulgar, que a Solita se le cayeron las alas del corazón. Salió a la calle sin ver portero, ni portal, ni puerta, ni calle. Ella no veía más que su propia alma, que en aquellos instantes se le presentaba clara y completa, con la lucidez que da el dolor. Dio algunos pasos sin saber a dónde iba; pero las rejas de la habitación donde había estado dijeron algo a su entendimiento, y se detuvo. En el mismo instante vio una mujer que entraba en el portal de la casa. Corrió hacia allá, volvió a la reja, tratando de mirar hacia adentro con disimulo; pero nada pudo ver. Oyó, sí, una voz femenina, poco agradable por cierto, y al fin pudo distinguir una sombra, un perfil de mujer fea y ordinaria que parecía criada. Apartándose entonces de la reja, corrió hacia la esquina de la calle, donde vio un coche. La inquietud investigadora que la dominaba hízole mirar hacia el interior de la berlina, y vio una mujer hermosa. Tan hermosa le pareció, que creía no haber visto nunca belleza semejante. Los ojos de la dama y su actitud pensativa y expectante, revelaron a Solita algo de lo que deseaba indagar.

No quiso ver, ni oír, ni enterarse de nada más, y corrió hacia su casa. A cada paso aumentaba la populosa grandeza del mundo que dejaba tras sí para siempre, y crecía el árido desierto que tenía delante. Las encantadoras esperanzas que pueblan la vida corrían hacia atrás, y a cada paso el abandonado corazón se iba quedando más solo.

XIII

Al entrar en la calle de las Veneras por la plazuela de Navalón, vio a don Patricio en la esquina. Vestía de paisano.

—Buenos días, señora doña Solita —le dijo riendo—. ¡Qué tarde vuelve la niña! Salió usted hace dos horas. Ya está de vuelta de Aranjuez el joven guardia. Traerá buenas noticias. Dígale usted que estamos preparados.

El irónico acento del procaz viejo no hizo impresión alguna en el ánimo de Soledad.

—Buenos días, don Patricio —le respondió con indiferencia.

Atendía demasiado a lo interior de su alma perturbada para poder discurrir sobre los móviles que llevaban a Sarmiento a tales sitios. Al entrar en su casa, Anatolio salió a recibirla. El rostro del joven irradiaba alegría como luz el de Febo.

—Ya estoy aquí —le dijo—. No dirás que he tardado muchos días.