—¿Qué hora es? —preguntó la muchacha sintiendo una gran turbación—. ¿Esperas a alguien?
—No debes estar aquí más tiempo. Son las doce.
Soledad dirigió una mirada, la última mirada, a los muebles, a los cuadros viejos de batallas, al reloj, al archivo, a los papeles amarillentos, a los legajos polvorosos y demás objetos de aquella estancia que habían sido durante tantos días imágenes halagüeñas en su fantasía y en sus ojos, y que ya no debía volver a ver. Al despedirse de tan queridos cachivaches, una piedra de hielo gravitó sobre su corazón.
—Ya me voy —dijo aparentando serenidad—. No te molesto más.
Salvador volvió a mirar el reloj. Estaba pálido.
—Las doce —dijo Solita.
—Sí, las doce, y...
Monsalud no se cuidaba de disimular su impaciencia. Soledad le alargó la mano. Si en aquel momento no estuviera él tan profundamente distraído; si no tuviera, como tenía, el pensamiento y la vida toda en cosas y personas muy distintas de la pobre muchacha desvalida que estaba allí, habría visto en ella seguramente algo digno de llamar su atención. Además, Soledad desplegaba cada vez más valor, más entereza de ánimo, y había aprendido a cubrir el llanto con la risa.
—Adiós, mi queridísima hermana —dijo Monsalud estrechándole las dos manos.
Después la condujo suavemente hacia la salida.