—Naturalmente, en algo ha de pensar uno —dijo Monsalud riendo.

—Es que tú te fijas poco en lo que tienes delante, en lo que ves con los ojos de la cara. Tu pobre madre está disgustada, porque ahora, según dice, te ve más distraído que nunca.

—¿Distraído?

—Más enamorado que nunca, habrá querido decir. Esa es tu enfermedad.

—¿Ahora más que nunca, dice mi madre?

—Ahora más que nunca, te hablan y no entiendes, miras y no ves. Así me lo dijo doña Fermina. Tienes la cabeza llena de vapores; pero tan llena, que no existes más que para la persona desconocida que te ha puesto de este modo. Para nosotros no eres más que una sombra.

—¿Eso dice mi madre? —preguntó el joven riendo.

—Y yo también lo digo.

Esta última observación no la oyó Monsalud, profundamente abstraído, la vista fija en el reloj.

—Adiós, Sola —dijo de repente—. Es preciso que te vayas.