—Te veré quizás —dijo Monsalud distraído, mirando el reloj colocado en la pared de enfrente—. Y si no, el mismo día de la boda estaré en la iglesia.

—Eso no podrá ser.

—¿Por qué no?

—Porque no es conveniente. ¡Qué cosas tienes!

—¿Y si a mí se me antoja?

—No te acordarás de ir.

—¿Que no me acordaré?

—No te acordarás —dijo Sola enredando en la mesa, no ya con una mano, sino con las dos—, porque eres muy distraído. El otro día dijiste que irías a pasear por San Blas, y no fuiste.

—¡Oh!, tuve que hacer.

—Es que no te acuerdas: se te van las ideas de la cabeza. Estás siempre distraído, pensando en las nubes de antaño.