—Me lo temía —insinuó Gil de la Cuadra con desabrimiento—. Esta es una vecindad que no me gusta. ¿Ha entrado también aquel señor...?
—¿El eclesiástico gordo? Sí, acaba de entrar.
—Don Víctor Sáez —dijo entre dientes el viejo, apartando el libro.
—¿Es el confesor de Su Majestad, padre?
—Chitón..., por Dios..., silencio, querida Sola —murmuró Cuadra llevándose el dedo a la boca y abriendo con espanto los ojos—. Cuidado con lo que hablas. Figúrate que no tienes ni ojos ni oídos. Hazte cargo de que nadie viene a la casa del maestro Naranjo.
Soledad recobró la costura.
—Porque has de saber —añadió el viejo— que estos señores han escogido la casa de nuestro amigo como el lugar menos sospechoso para reunirse y tratar de sus diabluras... Como solo vivimos Naranjo y nosotros, que somos la discreción en persona... Pero yo no quiero meterme en nada..., porque esto no tendrá buen fin. Veo, escucho y callo. Créeme: estoy escarmentado de conspiraciones, y sé a dónde conducen.
—¡Conspiraciones!
—Chitón... Por Dios y la Virgen, mucho sigilo.
—¿Y para qué conspiran? —preguntó Sola bajando mucho la voz—. ¿Para trastornarlo todo, para que todo se vuelva del revés?