Al preguntar esto, el semblante de Sola se había animado y resplandecía con la extraña viveza que dan curiosidad o interés profundo. Creeríase que un destello de esperanza lo iluminaba.
—Sí, para volverlo todo al revés. Estas cosas, estos planes son admirables cuando salen bien; pero casi siempre salen mal, hijita. En verdad te digo que de buena gana viviría en otra casa... ¡Hola, hola! Más ruido de botas... Sal a ver.
—Otros dos: los mismos que vinieron hace cuatro noches —dijo Sola.
—¿Son los dos altos y bigotudos?
—Sí.
—Los guardias. El más bajo de ellos es el conde de Moy, jefe de uno de los batallones de la Guardia. Ya la tenemos armada.
—¿Qué?
—Pero, tonta, ¿tú no has comprendido? ¡Pues es un grano de anís! La Guardia real quiere dar al traste con la Constitución y los liberales.
—¡Los guardias, es decir, Anatolio! ¿Y cree usted que podrán? —preguntó Sola con incredulidad.
—Hija, son muy valientes.