—¿Y en caso de que no puedan, tendrán que huir todos, absolutamente todos, y marcharse de Madrid?
—Un cuerpo tan esclarecido no volverá la espalda.
—¿Y eso será muy pronto?
Soledad mostraba grande interés.
—Debe de ser pronto. Es necesario apresurar el casamiento. Quisiera que Anatolio estuviese ya fuera del servicio para esos días. ¡Pobre hijo mío, si le sucede alguna desgracia!
Solita miró a su futuro esposo. Podía haberse creído que aquella mirada era una saeta, porque Gordón se movió en su beatífico sueño, cerró la boca, y llevándose ambos puños a los ojos, se amasó los párpados hasta ponérselos rojos.
—¿Qué hablaban de mí? —preguntó torpemente.
—Vamos, que no has echado mal sueño.
—Si no dormía... Sentí, es verdad, un poco de sueño, y cerré los ojos; pero no he dejado de oír lo que hablaban.
—A ver, ¿qué decíamos?