—Que yo debía haber sido eclesiástico en vez de militar.
—Hombre, ¡qué chuscadas tienes! —dijo Cuadra.
—¡Si oía perfectamente!
—Por Dios, confiesa que estabas dormido. Si me dejaste a medio juego. Hiciste perfectamente. Ya se ve... Siete leguas a caballo.
—¡Todo sea por Dios!
—¿Sabes que en las habitaciones del señor Naranjo —indicó don Urbano acercando sus labios a la oreja del alférez—, ahí, poquito más allá de aquella puerta vidriera, están tratando de vuestro levantamiento?
—¿De nuestro levantamiento?
—Cabal. ¿Quién creerás que ha venido? El conde de Moy.
—¡Mi jefe!
—Otro señor comandante de guardias, que debe ser Herón, el confesor de Su Majestad, don Víctor Sáez, y dos señores más que no conozco.