—¡Entra una señora! —dijo Sola con asombro.

—¿Una señora? Esto sí que es gordo. ¿Has dicho que una señora acaba de entrar?

—Sí, padre... Una dama, y por cierto joven y hermosa.

La curiosidad impulsó a don Urbano a mirar también; pero la señora había pasado ya, y el viejo no vio nada.

—Yo conozco a esa señora —dijo Soledad apartándose de la vidriera.

—¿Tú? ¿Quién es, cómo se llama? —preguntó Gil con mucho afán.

—Eso es lo que no puedo decir. La he visto hoy mismo.

—¿En dónde?

—En la calle, dentro de un coche.

—Pues mira —dijo Cuadra, dando paseos por su habitación y cerrando la alcoba donde estaba la puerta vidriera—, figúrate que no la has visto.