—¿Sabe usted quién es?

—No; pero no ha de ser cosa buena. Mujer que se ocupa en conspirar... ¡Ah, conozco ese perro oficio!

—¿Será alguna princesa?

—Puede ser... La verdad es que no caigo... En fin, olvidemos esto, hijos míos, y no participemos de tales líos ni aun con el pensamiento.

Naranjo entró a la sazón en el cuarto de Gil de la Cuadra.

—Amigo mío —le dijo—. Como su sobrino de usted es nuevo en la casa, vengo a suplicarle que sea discreto.

—¡Oh, descuide usted! Su boca será un broche.

—Es que podía inadvertidamente contar..., creyendo reunión casual...

—Ni por pienso. Óigame, señor Naranjo. Ya sabe usted que no me meto en nada; ya sabe usted que ni aun me gusta tener por vecindad una conspiración. A pesar de esto, ha excitado mi curiosidad una dama que ha entrado. ¿Querrá usted decirme quién es?

El preceptor se encogió de hombros.