—¿Que no lo sabe usted? No puede ser.

—Esta señora, según parece, viene comisionada por no sé qué junta que hay no sé dónde..., y no digo más. Conque silencio, mucho silencio. Cuidado con lo que se habla.

—Ya sabe usted que todos somos partidarios de la buena causa. El uniforme que lleva mi sobrino es una garantía de su prudencia.

—Lo sé; pero ya saben el sobrino y el tío que no han visto nada; que aquí no ha entrado nadie.

—Nadie, absolutamente nadie. ¡Ojalá fuera verdad!

Naranjo volvió a su conciliábulo, y Anatolio se despidió hasta el día siguiente.

Gil de la Cuadra, al quedarse solo con su hija, apoyó la sien en la mano derecha y tomó la actitud de quien trata de resolver un grave acertijo.

—Pues por más que cavilo... —murmuró después de un cuarto de hora.

Solita alzó los ojos de la costura para decir:

—Yo también medito en ello, y no puedo...