Salía yo de Bailén con un cesto de víveres para unos jefes de artillería, cuando tropecé con Santorcaz, que volvía seguido de algunos voluntarios de Utrera y licenciados de Málaga.
—¡Oh, Sr. de Santorcaz!—exclamé con la mayor sorpresa—. ¿Está usted vivo? Yo le hacía en el otro barrio.
—No, muchacho, vivo estoy—me respondió—. Dios quiere que todavía el que está dentro de esta camisa dé mucho que hacer en el mundo.
—¿Pero tampoco está usted herido?
—Aquí tengo un par de rasguños; pero esto no es nada para un hombre como yo. Ya sabes que me han hecho sargento. No vine aquí para ganar charreteras; pero puesto que me las dan, las tomo.
—Grandes hazañas habrá hecho el señor D. Luis.
—Poca cosa. Caí del caballo, y a pie defendíme rabiosamente contra tres o cuatro franceses. Reventé a uno, descalabré a otro, y me volví a nuestro campo con un águila que entregué al marqués de Coupigny. Al recoger de mis manos la bandera, el General, después de preguntarme si era licenciado de presidio, me dijo: «Es usted sargento.» ¿Ves? Me han puesto al frente de este pelotón de buenos muchachos; ¿quieres venirte con nosotros?
Diciendo esto, señaló a los esclarecidos varones que le seguían, los cuales, o yo me en
gaño mucho, o eran la flor y nata de Ibros, Sierra de Cazorla y Despeñaperros, todos gente de ligerísimas piernas y manos. Dile las gracias por el ofrecimiento, y seguí mi camino.
—¡Ah! ¿Qué sabe usted de D. Diego?—le pregunté, volviendo atrás.