—Pues qué—dijo, retrocediendo—, ¿no se sabe dónde está D. Diego? ¿Ha muerto? ¿Se ha extraviado? Es preciso averiguarlo. Y di, ¿tú has visto por casualidad mi caballo? ¿Sabes si alguien lo recogió?
—No sé nada de tal caballo—repliqué, alejándome.
Avanzada la noche regresé a Bailén, donde me causó sorpresa ver una triste procesión compuesta de tres mujeres vestidas de negro, a las cuales seguían hasta media docena de hombres, llevando por delante dos criados con sendos farolillos para alumbrar el camino. Acerquéme y reconocí a D.ª María, con sus dos hijas, las tres cubiertas con negros mantones, muy afligidas y llorosas. Digo mal, porque si las dos muchachas se deshacían en lágrimas, la Sra. Condesa conservaba seco el rostro, aunque visiblemente alterado, la mirada fija y valerosa y el andar muy firme. Al instante me presenté a ella, saludándola con el mayor respeto y ofreciéndole mi ayuda si, como parecía, iban en busca de D. Diego.
—¿Conque no parece el niño? ¿Cuándo le perdiste de vista durante la batalla?—me preguntó.
—Señora, desde la gran carga que dimos sobre el ala izquierda de los franceses dejé de ver a D. Diego.
—
Yo creí que estuviera entre los heridos; pero no está. ¿Todos los muertos han sido recogidos del campo de batalla?
—Sí, señora; sólo quedan los desconocidos, los paisanos que no estaban afiliados a ningún regimiento.
—Vamos a verlo—dijo con un aplomo, con una firmeza que me asombraron, pues no suponía tanto valor en alma de mujer.
—Yo acompañaré a usía con mucho gusto.