—¿Y qué tal se ha portado mi hijo?—me preguntó cuando marchábamos juntos.
—Señora, se ha portado como un héroe; se ha portado como quien es.
—¿Los jefes advirtieron su valor, elogiaron su bizarría, recordando el linaje de mi hijo?
—Sí, señora; los jefes estaban con la boca abierta presenciando las hazañas de don Diego—repuse, por halagar el amor propio de la noble señora, cuyo dolor se atenuaría sabiendo que su vástago había honrado el nombre de Rumblar.
—¿Y amabais vosotros a mi hijo?
—¡Oh!, sí, señora. ¡D. Diego es tan bueno...! Y nos trata como si fuéramos todos iguales.
—¡Como si fuerais iguales!—exclamó doña María con ligeras muestras de enfado.
—No..., vamos al decir ...—indiqué corrigiendo mi lapsus—. D. Diego es un caballero, y nosotros unos badulaques..., quiero decir que nos trataba sin tiranía.... ¡Pobre D. Diego! Pero hemos de encontrarle, señora; D. Diego está sano y salvo. Me lo dice el corazón.
—Tú eres un buen muchacho. Ayúdanos a
buscar a mi hijo y te recompensaré. Si parece, yo te prometo que serás su paje cuando se case.