—¡Qué horror!—exclamó D. Paco—. Pero veo que es usted un héroe, ¡oh mi niño querido! Creo que la mamá piensa dirigir una exposición a la Junta para que le den a usted la faja de capitán general.

—Iban a fusilarme—continuó el rapaz—, cuando un oficial francés tuvo lástima de mí y me salvó la vida. Después lleváronme a sus tiendas, donde me dieron vino y....

—Vamos, vamos pronto a casa, y allí contará usted todo—dijo D. Paco—. ¡Qué alegría! Volemos, señores. ¡Cuando la Sra. Condesa sepa que le hemos encontrado!... ¡Ah! ¿No sabe usted que está ahí su novia?... ¡Qué guapísima es!... La pobre no cesa de llorar la ausencia del niño, y si no hubiese usted parecido, creo que la tendríamos que amortajar. Vamos, vamos al punto.

Corrimos todos a Bailén muy contentos. Al llegar al pueblo, uno de nosotros propuso anticiparse para anunciar a Dª. María la fausta nueva; pero no permitió D. Paco que nadie sino él en persona se encargase de tan dulce

comisión, y con sus piernas vacilantes corrió hasta entrar en la casa, diciendo con desaforados gritos: «¡Ya pareció, ya pareció!» Cuando nosotros llegamos con el joven, todos salieron a recibirle, excepto Amaranta, a quien un fuerte dolor de cabeza retenía en su cuarto. Era de ver cómo los criados, las hermanitas, y la misma D.ª María, sin poder contener en los límites de la dignidad su maternal cariño, le abrazaban y besaban a porfía, y uno le coge, otro le deja, durante un buen rato le estrujaron sin compasión. Al fin, reuniéndose todos, incluso los huéspedes, en la sala baja, D. Diego fué solemnemente presentado a su novia. No puedo olvidar aquella escena que presencié desde la puerta con otros criados, y voy a referirla.

Nota a pie de página:

[3] «Je ne m'explique cette indigne lacheté que par la crainte de compromettre ce que l'on avait volé» (Mem Duc dé Rovigo, vol. IV.)


XXXII