Inés, confusa y ruborosa, no contestó nada, cuando el diplomático se fué derecho a ella llevando de la mano a D. Diego, y le dijo:

—Hija mía, aquí tienes al que te destinamos por esposo: mi sobrino, varón ilustre, a quien veremos general dentro de poco, como siga la guerra.

—Hijo mío—añadió Dª. María—, las altas prendas de la que va a ser irremisiblemente tu mujer no necesitan ser ponderadas en esta ocasión, porque harto las conocemos todos. Ahora, con el trato, se avivará el inmen

so cariño que os profesáis desde hace algunos años, señal evidente de que Dios tenía ya decidida vuestra unión en sus altos designios.

—Bonito es el retrato—dijo D. Diego, con un desenfado impropio de la situación—; pero usted, Inés, lo es más todavía. ¿Y por qué no quería usted salir del maldito convento? Sin duda las pícaras monjas la retenían a usted por fuerza, esperando que al profesar les llevara un buen dote. Pero no; yo juro que estaba decidido a sacar de allí a mi monjita, y ya discurría el modo de saltar por las tapias de la huerta y romper rejas y celosías para conseguir mi objeto.

Doña María, al escuchar esto, palideció, y luego las centellas de la ira brillaron en sus ojos. Pero con disimulo habló de otro asunto, procurando que el noble concurso y discreto senado olvidara las palabras del incipiente chico.

—Pero cuéntanos de una vez lo que te ha pasado en el campamento francés—dijo a don Diego.

—Pues quisieron fusilarme—repuso el mayorazgo, sentándose—. Ya me tenían puesto de rodillas cuando un oficial mandó suspender la ejecución.

—¿Y por qué te querían asesinar esos cafres?

—Porque les dije mil perrerías. Después, cuando me llevaron a la tienda, todos se reían de mí. Luego me dieron vino, obligándome a beberlo, y yo mientras más bebía más charlaba, diciendo atroces disparates y frases gra